December blues
Algunas reflexiones sobre la tristeza navideña y un aplauso enorme para todas
Cada vez que se aproxima el fin de año me embarga un ánimo dramático y siniestro, algo que me envidria los ojos a cada estímulo, bueno o malo, como si estuviera despidiéndome por siempre de todo (ahí es nada). Por ejemplo: la semana pasada descubrí la boiler room de Underworld y me pareció tan buena, tan chamánica, tan lo que debería ser la música y no esta mierda que escuchan los jóvenes (ahí estoy llegando exactamente, a ese punto del declive evolutivo, amigas) que lloré cuando terminó. Lloré porque la pinchada me había gustado mucho y ahora había terminado. Lloré porque las cosas ya nunca volverán a ser como antes. Lloré porque es lo que hago en diciembre.
Mi tristeza estacional es una manifestación de esas fuerzas psíquicas que parecen originarse fuera de nosotros, de esa interioridad que no parece propia ––aunque lo sea––, como en las posesiones demoniacas, el síndrome premenstrual o las intoxicaciones. ¿Cuál es la droga que me tomo sin saberlo durante estas fechas? ¿Qué hace que, ante la inminencia del fin de año y pase lo que pase de forma objetiva en mi vida, siempre enferme de una melancolía tan exagerada que, al intentar narrarla, se vuelve automáticamente parodia?
Hace un par de años se me metió en la cabeza que tenía que ver con el aniversario de algo oscuro en mi familia, con alguna muerte que afectó a mis antepasados y me afecta a mí por inconsciente colectivo, y me puse a coleccionar las fechas de los nacimientos y defunciones de todo mi árbol genealógico, pero no hallé nada relevante en torno a estas fechas que me activan. Sé que mi abuelo comía pollo una vez al año por Navidad. Y eso es bueno, supongo. No creo que de niño le hicieran jamás un regalo por reyes, pero le gustaba el pollo. ¿Se emborracharía su padre más que de costumbre por las festividades? Puede ser. ¿Recibiría alguna paliza particularmente cruel por el solsticio de invierno? También puede ser. Pero quién sabe. Mi abuela tuvo una infancia acomodada y feliz hasta que, de adolescente, se encontró a su hermano menor muerto en la cama, y esto me parece que fue en febrero, así que tampoco encaja. La teoría del aniversario no se confirma. Este año, con mi recién estrenada afición por la astrología, he buscado tránsitos que explicaran el fenómeno, pero no he visto nada lo bastante evidente como para resultarle legible a alguien como yo, que apenas se inicia en la materia, así que tampoco por ahí he llegado a ningún sitio.
Podría seguir tirando de hilos esotéricos porque de pequeña quería ser detective y de mayor me di algún golpe en la cabeza, pero para qué engañarnos: toda esta urdimbre teórica no es más que una pantalla con la que me protejo del dolor, que sigue sin tener origen ni nombre salvo si lo interpretamos de la manera más directa posible como miedo a los finales, a los cierres, es decir, a la muerte. ¿Y quién no le tiene miedo a la muerte? Dice Raquel Sáez, la médium a la que entrevista soyunapringada en su podcast, que ella no; que estar en contacto con el mundo de los espíritus y, sobre todo, haber experimentado en estado de trance la disolución absoluta del ego que se da al trascender, la había liberado. Al escucharla, recordé que yo también viví una experiencia de disolución de ese estilo durante un viaje de LSD, y regresé llorando. Después de transformarme en muchísimos animales que me llevaron de la tierra al aire y del aire al mar, me mimeticé, como final del ciclo, con una anémona, disolviéndome en lo oceánico; sentí esa dicha sin pensamientos ni conciencia unificada que la médium asociaba con la muerte, es decir, estuve de puta madre en un estado en el que la existencia de mi propia hija me resultaba indiferente, y quizás por eso, no tuve ni tengo ninguna gana de volver a dicho estado; creo que reverencio todo aquello que me pesa hasta clavarme en el suelo. A pesar del dolor, estoy profundamente apegada. ¿Pero lo estoy más que la gente que no se deprime en diciembre? Tampoco lo creo.
El amago de explicación más satisfactorio a este december blues me lo brindó ayer Taylor Swift, weird as it sounds. Estaba trotando en la cinta de correr mientras veía la grabación en Disney+ del último concierto en Vancouver del Eras Tour y, de pronto, algo como una burbuja de gas pimienta ascendió por mi tráquea y me reventó en las cuencas oculares, cubriéndome en lágrimas. Como os decía, que llore en cualquier sitio y por cualquier cosa es lo habitual durante estas fechas, pero me pareció un poco extremo, incluso para mí, hacerlo frente al tremendo y a ratos terrible festival de lo kitsch que sucedía en pantalla. Para que os pongáis en situación, Taylor acababa de terminar la versión de diez minutos de All Too Well y, al cantar eso de I still remember the first fall of snow and how it glistened as it fell, había comenzado a caer nieve artificial (subtle) sobre el escenario. Ahora, dicha nieve se proyectaba también en las pantallas gigantes, y uno de esos copos de nieve se estaba convirtiendo en una especie de flor de loto morada que daría pie a la transición hacia Enchanted, en la que vemos a una mujer de 35 años disfrazada de princesa Disney. Ahí, justo ahí, me puse a llorar. Y tardé unos minutos en comprender por qué, pero esta vez comprendí algo. Me da envidia la relación tan sana que tiene Taylor Swift con su pasado, que sea capaz de disfrazarse de la adolescente que fue y cantar las canciones que escribió con quince años sin pudor, con orgullo y con ganas de hacer una fiesta con cada desatino histórico, cuando yo ni siquiera soy capaz de releer mis textos viejos y me sigo avergonzando de la existencia de mis novelas tempranas en lugar de celebrar que, mira, a los dieciocho años escribí una novela, ¡y me la publicaron! ¿No está mal, no?
Pues para mí está fatal. Me quiero meter debajo de la mesa cada vez que alguien me habla de Cuando fuimos los mejores, y ya apenas recuerdo de qué trata De música ligera, porque han pasado diecisiete años desde que salió y jamás he vuelto a hojear siquiera el volumen, que tampoco creo que tenga en mi biblioteca: las cosas a las que no damos valor tienden a perderse como forma de venganza. Me avergüenza Cambiar de idea porque he cambiado mucho de idea desde entonces, no me atrevo a que se reediten los cuentos de Modelos animales porque estoy segura de que han perdido vigencia, y de que son malos, o muy malos, como todo lo que he hecho: casarme dos veces; no haber huido de aquel lugar, de aquella persona, en aquel específico momento; cortarme el flequillo con las tijeras de cocina; unirme a la moda de los calentadores sobre las botas de montaña en los dosmiles.
Si mi forma de superar una fase es olvidándola, si mi forma de cerrar un año es sepultándolo en la amnesia, tiene sentido, quizás, que cada diciembre parezca un funeral. Porque si no se integra ni celebra el pasado, las uvas de Nochevieja suponen un formateo, un fundido a negro. Pero ojalá un poco de compasión y justicia conmigo misma para este 2026; ojalá mi propio Eras Tour en el que me obligue a releerme sin vergüenza por lo que no es perfecto pero me ha traído hasta aquí, que tampoco es perfecto pero es valiente. Ojalá nos celebremos todas aunque no seamos perfectas, así en general. Ese sería, amigas, mi deseo para este año nuevo. Que dejemos de machacarnos, y nos recordemos. Porque el mérito que tiene todo, como levantarse por la mañana determinados días de octubre, no lo sabe nadie, o más bien sí, lo sabemos nosotras. Así que un aplauso. Que suene alto y claro y sea el sonido que nos catapulte hacia el futuro, más allá de las doce de la noche.

