Luna nueva
La noche está oscura. Es 23 de agosto y hay luna nueva en Virgo, lo que significa que el ciclo solar y el lunar arrancan simultáneamente bajo el mismo signo, es decir, que estamos a las puertas de algo nuevo. Como me sucede con casi todo (pensad que, después de un año de lecturas místico cristianas para escribir Todo empieza con la sangre perdí de tal manera la distancia con mi material que llegué a estar convencida de que me convertiría al catolicismo, y nueve meses he tardado en recuperar la perspectiva irónica ante las estampas de la virgen –salvo si dicha virgen es la de Guadalupe– y todavía sigo tan obsesionada con la pasión de Cristo que podría decirse que sí, que pienso una vez al día en el Imperio romano), me he aficionado a la astrología desde una curiosidad escéptica que, cuando se sacia en exceso, deja de ser escéptica. Es decir: todavía no sé lo suficiente sobre la materia como para creérmela del todo (sol, ascendente, luna, venus, marte y quirón, de acuerdo; ¿pero el resto de planetas? Se me antojan secundarios sin carácter), pero ando cerca. La fe es a veces un fenómeno acumulativo: el ego se niega a la posibilidad de haber acumulado demasiada información sobre algo que no sirve absolutamente para nada.
Me gusta de la astrología que proyecta una ilusión de orden, claro (la posibilidad de categorizar a las personas en función de sus ingredientes: una pizquita de fuego, dos de agua, exceso de tierra: normal que lo nuestro no haya funcionado, amor) y, sobre todo, que llena el calendario de ocasiones para hacer balance y rito. Se supone que cada evento astrológico (cada luna llena o nueva, cada eclipse, cada anomalía o coincidencia astral como la de hoy) nos invita a comparar el presente con el pasado, el lugar en el que estamos hoy con el lugar en el que estábamos la última vez que se dio el mismo hito, porque siendo el cambio el estado procesual en el que existimos, es algo que solo se percibe de esta forma, abandonando la experiencia para fotografiarla desde fuera y, más tarde, contrastando fotografías de un mismo espacio en distintos tiempos. Así que le pregunto a ChatGPT por el último 23 de agosto con luna nueva en Virgo y me dice que fue en 2006, el verano de mis dieciocho, semanas antes de abandonar la casa de mis padres (sin saberlo, para siempre). En tanto que umbral de un nuevo ciclo, parece difícil que el día de hoy esté a la altura de su antecesor, pero me digo que algo nuevo habrá que iniciar bajo esta oscuridad celeste, aunque sea para evitar que los pronósticos queden en nada y se abra paso el tedio racionalista (mi mayor miedo). Así que empiezo a escribir este texto, este primer texto de algo, aún no sé de qué, pero que sirve como una promesa; que es en sí el compromiso de seguir escribiendo.
Escribir para vosotras, que sois poquitas, para escribir como lo hacía antes, con la sensación de que nadie me observa; reconquistar la intimidad y la ligereza, el gusto de darle a publicar a sabiendas de la imperfección y la errata, como quien conquista el valor para hacer topless en una playa del cantábrico. No os enseñaré las tetas, pero intentaré teclear al ritmo al que respira y late lo que está debajo.

