Sobria
Queridas amigas: mucho que contaros. En primer lugar, la obviedad de que este “amigas” alude a un conjunto imaginario de personas: no sé quiénes sois, ni si estáis ahí afuera, siquiera, pero para vosotras escribo, y eso me encanta. ¿Existe acaso la escritura sin la imagen virtual de un posible lector? Algunas de mis alumnas, curtidas durante años en la escritura de dietarios, afirman que sí: que han garabateado cientos y miles de páginas con la certeza de que jamás habría ojos ajenos que se posaran sobre ellas. Creo que mi terapeuta discreparía. Si no latiera un deseo, siquiera inconsciente, de que alguien encontrara alguna vez esos textos, ¿por qué no quemarlos, sin más? ¿Por qué no pensarlos, tan solo? Como sea, yo escribo para vosotras, amigas imaginarias, y así se llena de rostros pixelados este espacio solitario que rodea a la pantalla del laptop. A veces enciendo una vela e invito a los fantasmas, pero aquí, las invitadas sois vosotras.
La otra cosa que hoy querría contaros es que llevo tres meses sin beber. Algo más, posiblemente. No estoy segura de cuál fue el último día que me intoxiqué porque no soy buena con las fechas. No marco los hitos. Tampoco los recuerdo. Tomo decisiones precipitadas que, a veces (pocas veces), se afianzan como lo que es fruto de la reflexión más tranquila, y ese fue o ha sido el caso con el tema del alcohol. Que menudo tema, queridas.
No recuerdo la fecha exacta del desmarque definitivo, pero fue a principios de junio, después de la feria del libro de Madrid, al final de la promo de Todo empieza con la sangre, vaya, que me tuvo tres meses viajando y, como siempre, bebiendo. Porque yo, si me quedo en casa, no bebo, pero si salgo, bebo (bebía) todo el rato, lo que, además, muchas veces me llevaba a drogarme, porque ya puestas a perder el control sobre la noche y sus consecuencias, qué importa el grado del desastre. Bebía con amigos y con desconocidos, con ganas y sin ellas, para celebrar algo y para vencer el hastío o la timidez o la incómoda sensación de que no debería estar en esa fiesta donde nadie parece pasárselo del todo bien. Algo que he descubierto durante estos últimos tres meses es que mi vida se desarrollaba en contextos que en su mayoría me resultaban insoportables, con personas insoportables, planes insoportables, inercias insoportables que solo soportaba bebiendo. Daba por hecho que lo social siempre me había generado malestar por timidez, por sostener el mandato de transformarme en la persona que el otro desea que yo sea, por una permeabilidad excesiva a las energías circundantes… Por torpeza, en fin, por muchas cosas. Pero lo cierto es que, desde la lucidez endiablada de este cerebro que ya no está inflamado crónicamente, he descubierto que no todas las personas ni todos los contextos me dan ganas de anestesiarme, y he sacado las tijeras de podar hasta quedarme prácticamente sola. Exagero un poco, sí, pero no tanto. Bastante sola. Y no es ninguna tragedia, porque el cosmos siempre llena los espacios de vacío. Lo importante es que respiro mejor. Igual en parte porque también he dejado de fumar.
Otra cosa que he descubierto es que en tres meses te puedes desintoxicar de una sustancia y también de su cultura. Es decir: puedes empezar a interrogarte, desde la extrañeza, por el motivo por el que todo el mundo bebe en las películas, las librerías auspician vermuts literarios o tu propia forma de hacer sentir cómodas a tus alumnas después del taller es invitarlas a tomarse un vino contigo. Esto que ahora no quiero y que, entre otras muchas cosas, es y ha sido el procesamiento emocional por defecto de la masculinidad (vamos a bebernos estos que sentimos, no sea que lo sintamos y tengamos que actuar en consecuencia), está por todas partes, pero ahora que ya no está en mí, al fin lo veo; por primera vez, aprecio el brillo corrosivo en las pupilas de los borrachos.
Al principio pensé con enorme dramatismo que ya nada volvería a ser divertido nunca. Que el alcohol era un significante de la vida, y que, al rechazarlo, me condenaba a ser testigo de la misma, a una casita en la periferia del escenario. Me di cuenta de que me costaba, de pronto, visualizar o fantasear siquiera con el futuro. ¿Qué haré en mi cumpleaños? ¿Qué haré en Nochevieja? Si el destino me depara una alegría, ¿qué haré para celebrarlo? Es bastante inquietante que festejemos los golpes de suerte con alcohol, atávico como un sacrificio a los dioses en el que lo sacrificado es tu hígado. Y ya no me identifico con ese dramatismo apocalíptico de las primeras semanas ––he dejado de pensar continuamente en ello; durante mis vacaciones en Escocia, fui feliz en pubs, bebiendo Guinness sin alcohol; mis orgasmos son mejores; mis defensas son mejores; pero sí debo reconocer que a veces sigo despertando con jaqueca y niebla mental: la sobriedad no nos cura de somatizar a los fantasmas familiares que a veces nos visitan en sueños y que también dan resaca–– pero me sigue costando imaginar celebraciones donde no haya ningún principio sacrificial. Es fuerte esto, amigas. No saber qué hacer con lo bueno. Cómo exorcizar el agradecimiento de una forma que no se lleve una parte de ti. Aunque ahora que lo pienso, quizás contaros que llevo tres meses sin beber sea mi forma de celebrar que llevo tres meses sin beber. Igual la escritura siempre ha sido y será una fiesta.

